Alergias alimentarias

Gordito, mi hijo mayor, tiene varias alergias alimentarias, algunas ya superadas y otras que lo acompañarán durante toda su vida.

Si quieres conocer un poco mejor las alergias alimentarias y como convivir con ellas, a continuación te cuento mi experiencia. Te voy a contar todo lo que a mi me hubiera gustado que me contaran el día en que mi hijo sufrió su primera reacción alérgica.

Alergia alimentaria, una vieja desconocida

Recibir un diagnóstico de alergias alimentarias no es nada fácil. El desconocimiento, la incertidumbre y el miedo, mucho miedo, te invaden tras ese momento.

¿En qué consiste la alergia de mi hijo?

¿Se puede morir por ella?

¿Por qué ha sucedido?

¿Será alérgico toda su vida?

¿Nunca más podrá comer ese alimento?

¿Existe tratamiento?

¿Qué hago si hay algún accidente y come algo que no debe por error?

Éstas y muchas otras preguntas se me pasaron por la cabeza cuando conocimos la primera alergia alimentaria de mi hijo.

Supongo que son las preguntas habituales que todo padre y madre se hace en un momento así. Encontrar la respuesta a cada una de ellas en ocasiones no es fácil. Estas preguntas deberán ser respondidas por el profesional médico que conozca y trate la alergia de tu hijo, pues cada paciente y cada alergia es diferente.

Pero aquí os voy a contar nuestra experiencia, con la que seguramente os sintáis identificados si también tenéis un hijo que tenga alergias alimentarias.

Cómo sucedió todo, nuestro periplo de consulta en consulta, cómo nos adaptamos a convivir con una alergia a alimentos en nuestra casa, cómo tuvimos que adaptar nuestras compras y nuestra dieta y el camino y el tratamiento que finalmente nos llevó a superar sus alergias y que nos ha cambiado totalmente la vida.

Todo lo relatado aquí será el fruto de nuestra experiencia y en ningún modo debe sustituir el diagnóstico, el control evolutivo y el tratamiento por parte de los profesionales médicos pertinentes.

ingredientes para hacer gofres huevos y leche

La primera reacción alérgica de mi hijo

La primera alergia que le fue diagnosticada a mi hijo fue la alergia a la proteína de la leche de vaca, cuando tenía 11 meses de edad.

Él había sido alimentado de bebé sólo con lactancia materna exclusiva. Nunca tomó ningún biberón ni suplemento de leche artificial. Cuando comenzó la alimentación complementaria continuamos con la lactancia materna. Nunca le habíamos ofrecido ningún derivado de la leche de vaca hasta ese momento.

Hasta aquel día, el día que tuvo su primera reacción alérgica. Como ya os he adelantado, mi hijo tenia 11 meses de edad cuando un día después de comer le di a probar un postre lácteo. Comió tres o cuatro cucharadas y luego empezó a dar muestras de no querer más. Él estaba sentado en su trona y como era la primera vez que tomaba ese postre no insistí en que se lo terminara.

Casi inmediatamente después de dejar de comerlo, empezó a llorar muy fuerte, no solía llorar de esa manera tan repentina e intensa. Me alarmé, no sabía que le pasaba y rápidamente lo saqué de su trona y lo cogí en brazos. Entonces empezó a vomitar. A caños, con una violencia enorme, y una cantidad exagerada para lo que había comido. No sabía qué hacer. Me limité a tenerlo en brazos intentando que no se atragantara con su propio vómito.

Con los nervios estaba dando vueltas por el salón, todo el suelo, las puertas, las paredes, por donde íbamos pasando quedaba manchado de vómito. Después de lo que a mi me pareció un rato interminable, dejó de vomitar. Lo puse encima de mi cama para poder quitarle la ropa manchada. Mientras él seguía llorando y empezó a estornudar muchas veces. Luego se quedó como adormilado.

En ese momento me asusté muchísimo. ¿Estaba perdiendo la consciencia? Yo aún no había podido asimilar lo que le estaba ocurriendo pero rápidamente identifiqué que aquello no era una reacción normal. Lo llevé al baño y empecé a llamarlo fuerte, a zarandearlo incluso y a echarle agua fresca por la cara. Afortunadamente reaccionó rápido y volvió a abrir los ojos. Seguía estornudando y moqueando de vez en cuando, pero ya no vomitaba, tenía buen color y respiraba con normalidad. Lo peor había pasado.

Me cuesta encontrar otro momento de mi vida en el que haya pasado tanto miedo y de forma tan repentina. Él estaba normal, comiendo tranquilo, relajado viendo dibujos en su trona y de pronto, ¡zas! Unas pocas cucharadas de un postre lácteo para niños nos había puesto en una de las situaciones más difíciles que recuerdo. Cuesta asumir que algo en apariencia tan inofensivo pueda causar tanto daño. No daba crédito, no sabía cómo actuar, no podía pensar con claridad, aunque en el fondo tuve claro que se trataba de una reacción alérgica.

Y así es como comenzó todo. Nuestra primera experiencia con las alergias alimentarias y su primera reacción alérgica a la proteína de la leche de vaca.

niño que se encuentra mal en su cama

La visita al pediatra

Al contarle a su pediatra lo que le había ocurrido, ella también estuvo de acuerdo en que todo apuntaba a que aquel episodio se debía a una reacción alérgica a la proteína de leche de vaca que contenía aquel postre lácteo. Le mandó realizar un análisis de sangre y me dijo que no le volviera a dar nada que tuviera leche hasta no tener el resultado de la analítica.

Unas semanas más tarde teníamos el resultado que confirmaba lo que ya todos intuíamos, mi hijo presentaba una alergia mediada a las proteínas de la leche de vaca y además sus valores en sangre eran elevados. El diagnóstico de alergia había llegado a nuestras vidas.

La consulta con su pediatra no fue nada alentadora. Me dijo que con esos valores sanguíneos tan elevados lo que debíamos hacer es preocuparnos en no darle ningún alimento que contuviera leche o derivados.

También nos indicó que si yo iba a continuar con la lactancia materna debía asimismo llevar una dieta exenta de proteína de leche de vaca.

Yo le pregunté que si no habría que derivarlo al hospital para que lo viera un alergólogo y su respuesta fue: “No, con su edad y esos niveles tan altos hasta que el niño no sea mayor no se puede hacer nada. Lo vuelves a traer a consulta cuando haya pasado un año y le repetimos la analítica para ir viendo.”


Nada más, únicamente la recomendación de la dieta libre de leche de vaca y derivados. Ni siquiera me recetó ni me comentó la existencia de inyecciones de adrenalina ni ninguna otra medicación de rescate por si sufríamos algún accidente. Salí de allí con la única pauta de controlar lo que comíamos y volver pasado un año.

un vaso en el que están echando leche

Una segunda opinión y un poco de adrenalina

La confirmación de la alergia a la proteína de leche de vaca, aún siendo esperada cayó sobre nosotros como una losa. Salimos de aquella consulta rodeados de incertidumbre y llenos de miedos. Muchas preguntas para las que no habíamos recibido respuesta.

¿Cómo de grave era la alergia? ¿No hay tratamiento para las alergias alimentarias? ¿La alergia durará toda su vida? ¿Qué hacemos si come algo por error?


No deberíamos habernos ido de allí con tantas dudas, pero lamentablemente todavía hay muchos profesionales sanitarios que no tienen la formación necesaria en temas de alergias e intolerancias alimentarias, lo que, sin lugar a dudas, es muy preocupante y deja a los niños alérgicos y a sus familias en una posición muy difícil.

A partir de la visita a su pediatra me dediqué a buscar información por internet y a leer todo lo que encontraba sobre alergias. Había muchas cosas que aún no tenía claras y muchas otras que en aquel momento desconocía, pero la conclusión a la que llegué fue que dejar pasar el tiempo no era una opción para nosotros.


El primer paso que teníamos que dar era buscar una segunda opinión y conseguir que algún médico especialista en alergias viera a mi hijo. Para empezar solicitamos el cambio de pediatra en el centro de salud. Ya llevábamos meses descontentos con ella y el cómo había tratado el tema de la alergia fue la gota que colmó el vaso.

Una vez asignado el nuevo pediatra pedimos cita con él y le explicamos lo que había ocurrido. Él vio la analítica de mi hijo pero su actitud fue diferente a la de su compañera. Nos derivó al hospital y nos recetó una inyección de adrenalina para que la lleváramos siempre a mano por si ocurría un accidente. Allí mismo en su consulta y con un inyector de adrenalina que tenía en ella me enseñó cómo era y cómo debía administrárselo en caso de ser necesario.

Salí de aquella consulta más tranquila, al menos ya tenía los medios para actuar si por error ni hijo tomaba algo que le diera reacción. Simplemente el hecho de tenerla a mano me daba una tranquilidad enorme, aunque deseaba no tenerla que usar nunca.

Desde el diagnóstico de alergia a la proteína de leche de vaca (también conocida por sus siglas APLV) y hasta ese momento vivía con el miedo a que algo se nos escapara y se repitiera aquella reacción del postre lácteo. También me invadió el miedo a introducirle algún alimento nuevo. ¿Y si había más alergias? Pero el tener la adrenalina y el saber cómo actuar en caso de que algo ocurriera me hizo relajarme un poco.

Cambios en el menú

Desde ese momento también tuvimos que aprender a convivir con las alergias en casa. Ya nada podía seguir igual. Tocó revisar la despensa en busca de alimentos que pudieran contener entre sus ingredientes la leche de vaca. Hasta el momento en que te pones a leer etiquetas e ingredientes no te puedes hacer una idea de la cantidad de alimentos que incluyen leche de vaca o sus derivados en su composición.

Todos esos alimentos estaban prohibidos para mi hijo y también para mí, por seguir dándole el pecho. La «dieta del amor» la llaman, cuando una madre que da el pecho elimina de su alimentación todos los productos que pueden contener los alimentos a los que su hijo es alérgico.

Todo esto sucedió hace ya 8 años. En aquel entonces aún no era obligatoria la declaración de alérgenos ni en el etiquetado ni en las cartas o menús de los bares. No fue hasta 2014 cuando entró en vigor en la Unión Europea el Reglamento 1169/2011 sobre la información de alimentos que contengan algunos de los 14 alérgenos de declaración obligatoria.

Esto marco un antes y un después en la vida de muchas familias que conviven con personas alérgicas. Aunque aún queda mucho por hacer al respecto y la ley no se cumple en algunas ocasiones y establecimientos, antes de ese momento para muchas personas alérgicas ir a un restaurante era como jugar a la ruleta rusa. Hacer la compra en el supermercado también era una odisea y te obligaba a pasar mucho tiempo en los pasillos analizando etiquetas e ingredientes.

despensa llena de botes con alimentos

Diferencias entre alergia e intolerancia alimentaria

También es muy frecuente confundir la alergia a las proteínas de leche de vaca con la intolerancia a la lactosa. Quizá sea debido a que la intolerancia es más conocida y estamos acostumbrados a ver productos sin lactosa en los supermercados.

Sin embargo se trata de dos entidades muy distintas.  

– La intolerancia a la lactosa no es una alergia. El aparato digestivo de estas personas carece de la enzima necesaria para asimilar la lactosa, que es el azúcar de la leche, lo que les produce malestar, diarreas, digestiones difíciles, entre otros síntomas digestivos.  Estos síntomas se solucionan consumiendo productos lácteos sin lactosa, que se encuentran fácilmente en los supermercados. La intolerancia suele aparecer con más frecuencia en adultos.  

– La alergia a las proteínas de la leche de vaca no se debe a ninguna anomalía en el sistema digestivo, sino que se trata de una respuesta exagerada del sistema inmunológico a las proteínas de la leche.

El sistema inmune (las defensas) interpreta de forma equivocada que las proteínas de la leche son un producto peligroso, iniciando inmediatamente la reacción alérgica del organismo que puede llegar a ser muy grave, poniendo incluso en peligro la vida si se produce un shock anafiláctico. Los síntomas no son sólo digestivos, como en la intolerancia, también se pueden producir reacciones en la piel e incluso alteraciones respiratorias, además de picores, hinchazón en los labios, garganta, ojos…  

Los alérgicos no pueden tomar ningún producto lácteo ni derivados, tampoco los productos sin lactosa pues aunque les quiten la lactosa siguen poseyendo proteínas de la leche. Hay que ser muy estrictos con la dieta pues ya hemos visto que no sólo les puede producir diarrea, vómitos o un malestar o dolor abdominal como en la intolerancia, sino que puede tener consecuencias más graves y peligrosas, por desgracia incluso mortales.

La alergia sí es más frecuente en niños y bebés que en adultos.

Descubriendo las alergias alimentarias

A pesar de que el diagnóstico de alergia a mi hijo me pilló completamente por sorpresa, las preguntas y dudas no tardaron en aparecer.

Recuerdo que el desconocimiento de las alergias y no tener a nadie que pudiera contarme su experiencia. Por suerte si encontré este apoyo en internet.

Yo quiero aportar mi granito de arena a través de este blog contando mi experiencia particular con las alergias alimentarias de mi hijo.

Si tan solo puede servir para disipar algunas dudas de alguien que se enfrenta a las alergias por primera vez, habrá merecido la pena.

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