¡No lo cojas en brazos, que se acostumbra!

¡No lo cojas en brazos, que se acostumbra!

 

De vez en cuando me gusta releer mis post antiguos. Retomé el blog hace 5 meses, ¡pero tengo entradas escritas en 2014! Hace unos días leí un post donde contaba cómo habíamos llegado a practicar el colecho. ¡Me ha traído tantos recuerdos!

El colecho no fue algo que tuviéramos decidido de antemano. Ni siquiera nos lo habíamos planteado. De cómo llegamos a ese punto es de lo que os quiero hablar hoy. Cómo fuimos descubriendo poco a poco, equivocándonos muchas veces, pero siempre haciendo caso a nuestro instinto, el estilo de crianza con el que nos sentíamos más a gusto.

¡No lo cojas en brazos, que se acostumbra!

Cuando nació Gordito, como buenos padres novatos, teníamos preparado en casa su cuna. También, con la intención de utilizarlo los primeros meses habíamos montado una minicuna.

¡Cuántas veces habría escuchado aquello de «no lo cojas demasiado en brazos, que se acostumbra»! No se vosotros, pero yo había oido la frasecita de marras muchísimas veces. Y de boca de muchas personas diferentes. Es algo que yo había escuchado durante toda mi vida, mucho más desde que me quedé embarazada.

Por ello, aquellos dos objetos los veía absolutamente necesarios. ¿Dónde iba a dejar a Gordito cuando estuviera durmiendo?

Los primeros días, en el hospital, cuando se quedaba dormido lo pasábamos a la cunita que había en nuestra habitación. Recuerdo la primera noche asomándonos a aquella cuna para ver si respiraba o no. No pegamos ojo en toda la noche ni mi marido ni yo. No podíamos apartar la mirada de aquel pequeñito ser que acababa de llegar para cambiarlo todo.

Al recibir el alta e irnos con nuestro bebé a casa, seguimos haciéndolo igual. Aunque se pasaba horas y horas en mis brazos tomando el pecho en cuanto se quedaba dormido lo dejaba en su minicuna. Durante el día la teníamos colocada en el salón.

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Una minicuna con pinchos

Pero Gordito era un bebé, no un muñeco tranquilo, y rara vez aguantaba en la minicuna más de una hora dormido. En cuanto se daba cuenta de que ya no estaba en brazos, empezaba a quejarse o lloriquear hasta que lo volvíamos a coger. Aquella minicuna sería muy bonita, pero parecía tener pinchos.

Lo cogíamos en brazos de nuevo. Y empezaba de nuevo el ciclo: mirar si el pañal estaba sucio, si tenía hambre o si sólo quería mimos y brazos. Cuando se relajaba y se dormía otra vez, vuelta a la minicuna. Y así pasaban nuestros días. Y nuestras noches.

Muchas veces sentía el deseo de no soltarlo, de que durmiera en mis brazos. Habíamos pasado 9 meses unidos y yo aún sentía esa conexión. Notaba que mi cuerpo también me pedía tenerlo cerca. Sólo así estaba realmente tranquila. Cuando estaba en la minicuna y los planetas se alineaban y pasaba allí dormido más rato del habitual, no podía dejar de acercarme a comprobar que estuviera bien. ¡La de veces que incluso zarandeaba la minicuna si lo veía muy quieto y no podía observar bien su respiración! Cuando él lo notaba y empezaba a quejarse, entonces era yo la que respiraba aliviada.

En la mayoría de las ocasiones lo dejaba en la minicuna porque tenía grabado a fuego en la mente aquello de «se va a acostumbrar a estar en brazos y luego será peor». Pero no era eso lo que mi instinto me pedía hacer.

No puedo dejar llorar a mi bebé

Lo que nunca pudimos hacer fue dejarlo llorar y no hacer nada. Eso sí que no lo podía concebir. Todas las veces que Gordito lloraba lo cogíamos en brazos y lo calmábamos. Aunque no eran pocas las voces que también decían que aquello no se debía hacer. «Los niños tienen que aprender», «No le pasa nada, tiene que aprender a dormirse sólo»,  «no te preocupes, llorar ensancha los pulmones».

Nunca entendí ni entiendo esa postura. Si de pronto veo como mi marido empieza a llorar sentado en el sofá yo en ningún caso me mantengo al margen y espero que se le pase. Acudiría rápido a su lado para preguntarle qué le ocurre. Lo más probable es que antes siquiera de preguntar nada lo abrazara para intentar reconfortarlo. ¡Cómo no hacerlo entonces con mi propio hijo!

Son bebés indefensos. No son pequeños seres malignos que quieren manipularte. No tienen intenciones ocultas.

No sé en qué momento ni con que intenciones se nos ha intentado hacer pensar que los niños tienen que estar en sus cunas, que ese es su lugar, ajenos al calor y al contacto de sus padres. No cogerlo en brazos para que no se acostumbre y así a los pocos meses puedan dormir solos en su habitación. Y además si lo dejas llorar acabará acostumbrándose a dormirse sólo. Hay quien solo ve ventajas.

Para muchos quizá sea el escenario ideal. Pero yo no quiero que mis hijos aprendan nada llorando. Al menos mientras son bebés que no entienden lo que sucede, que no pueden razonar. No quiero que hagan nada para lo que no estén preparados.

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Y sí, se acostumbran a los brazos ¡Y no hay nada mejor que eso!

Y es que es cierto que los niños se acostumbran a los brazos. ¡Y no hay nada de malo en ello!

Somos mamíferos que necesitamos la cercanía de nuestros padres para desarrollarnos adecuadamente. Durante el embarazo la madre y el futuro bebé están íntimamente unidos, compartiendo el mismo cuerpo, latiendo juntos. Tras el parto, de forma natural, el bebé precisará de la proximidad de sus padres. Ese contacto intimo es imprescindible no sólo para garantizar su alimentación, sino también para la maduración sensorial y emocional del niño.

El método canguro

Existen muchos estudios que han demostrado los beneficios del método canguro en bebés que han nacido de forma prematura, que no es más (ni menos) que el contacto piel con piel durante todo el tiempo posible del bebé en el pecho de su madre o padre.

Son muchísimos los beneficios para los pequeños: regulan mejor su temperatura, favorece la lactancia materna, tienen menor riesgo de infección, presentan más ganancia de peso. Ventajas también para las madres, que ven como aumenta su confianza en el cuidado de sus hijos.

Además los beneficios no sólo son a nivel físico o de salud, también el método canguro muestra un impacto positivo en el desarrollo cognitivo de los bebés. ¡Todo esto sólo por estar en brazos de sus madres! Algo tan simple y tan fácil. No debe ser tan malo entonces, ¿no os parece?

Una historia desgarradora

También es cierto que si un bebé llora desde su cuna y no lo atiendes, probablemente el niño acabe llorando cada vez menos. Cada  vez solicitara menos la presencia de sus padres. Los padres estarán contentos de tener un niño muy tranquilo, que ha aprendido a estar sólo, a calmarse o dormir sólo. Pero no es porque el bebé haya aprendido a satisfacer sus necesidades, es que ha aprendido que sus demandas no tienen respuesta, se resignan y dejan de hacerlo, no porque ya no lo necesiten, sino porque saben que nadie les va a hacer caso.

Hace tiempo leí un testimonio que me pareció desgarrador y que no hizo más que reafirmarme en lo que yo ya pensaba. Un misionero contaba su experiencia al visitar un orfanato en Uganda. Aquel misionero contaba en un evento como le sorprendió que, a pesar de tener más de 100 cunas con bebés, aquel sitio estaba en completo silencio. Asombrado preguntó a quienes allí trabajaban por qué ningún niño lloraba. La respuesta fue que al cabo de una semana de llegar, los bebés, después de pasar horas interminables llorando, dejaban de hacerlo porque nadie acudía a su llamada. Se me rompe el corazón sólo de pensarlo.

Siempre en brazos, siempre cerca

Así que poco a poco fui abriendo los ojos a lo que yo ya sentía dentro. Gordito y yo, los dos, estábamos mejor cuando estábamos juntos. Cuando estaba en brazos. El niño que no dormía más de un rato solo en su cuna, podía pasar horas plácidamente dormido en mis brazos o en los de mi marido.

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De este modo deje absurdos temores atrás, dejó de importarme lo que pudiera pasar o lo que pensaran los demás y decidí escuchar a mi hijo y a mi instinto. De ahí a dormir juntos sólo hubo un paso. Otro día os contaré que ha significado el colecho para nosotros.

Qué ha significado y qué significa, porque en mi segunda maternidad ya no ha habido cuna ni minicuna. Me pasé los primeros meses de Trasto con él en brazos. Mi padre, un día que vino a casa a vernos, me dijo al entrar. «Sabía que ibas a tener al bebé en brazos, siempre que vengo estáis así». Y no era casualidad, no.  Es una de las cosas que más he disfrutado.

Y tú si me lees y tienes un bebé en brazos o esperas tenerlo algún día, si quieres un hijo feliz, si quieres sentir la más plena felicidad, cógelo mucho en brazos. Siempre que te lo pida. Y cuando no lo pida también. Aprovecha esos momentos para perderte en su olor. Bésalo, abrázalo, hazle caricias, háblale.

Esos primeros meses, que en ocasiones son interminables y agotadores, en realidad pasan muy deprisa. No te pierdas ni un segundo. Antes de que te des cuenta crecerá, empezará a gatear y a querer descubrir el mundo que hay más allá de tus brazos.

 

 

 

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11 comentarios en “¡No lo cojas en brazos, que se acostumbra!

  1. Yo lo tengo más que claro, el se acostumbra está mas orientado a la comodidad de los padres que a la realidad de los bebés. Mis niños me necesitaban cerca, y ahora ya no tanto y aún habiéndole dado los brazos que necesitaban ahora son independientes en su justa medida dependiendo de su edad y me siento orgullosa que se hayan sentido seguros porque no les dejé llorar. Gracias por el post.

    • Si al final la etapa de brazos pasa muy rápido, y acaban buscando su sitio fuera de ellos antes de que nos demos cuenta. Y para ello, desde luego, no hace falta dejarlos llorar. Es algo que no comprendo. Gracias a ti por visitarme y comentar. Un beso!

  2. Me parece estupenda esta entrada, muy sincera y con una falsa realidad de la que no dejan que dudes. No, los bebes no son malos, aprenden, reclaman y les gusta que se les haga caso, cuanto más mejor porque son bebés, es anti natural dejarlos solos, no pueden valerse ni defenderse y esperar que su instinto no les haga reclamar atención es absurdo. La gente es muy fría con el tema y es normal que cada quien cuide a sus bebes como le diga su naturaleza, pero hemos oído tanto esa frase que dices de «que se acostumbran» que parece que deba ser así y no, eso es inhumano y ningún mamífero se separa de sus bebes y que nuestra especie se empeñe en hacerlo es solo una de las muchas tonterías impuestas por quienes creen que saben lo que hacen porque siempre ha sido así. Genial entrada, en serio, que cada quien cuide a.ñ sus hijos de.la.foema que crea más adecuada y con la que más agusto se sientan que ni todo es como te digan, ni todos los padres y madres y retoñitos son iguales. Si estás usando un método que te hace sentir mal o que no te convence, por qué rayos lo haces? El instinto es sabio y para quien no lo tenga hay mucha informacion también como para quedarse con las típicas frases rancias 😛 un saludo.

    .KATTY.
    @Musajue

    • Muchas gracias por tu comentario! Completamente de acuerdo con todo lo que expones. No sé en qué momento ni con qué fin se ha intentado deshumanizar tanto la crianza de los hijos. Con nosotros, desde luego, no pueden contar, bien cerquita y en brazos que es como mejor estamos todos. Un abrazo!

  3. Que «horror», los niños se «acostumbran» al cariño y al amor. Esa frase, la suelen usar mucho la gente mayor. Mis padres decían con orgullo que ni mi hermana ni yo habíamos dormido con ellos jamas, ahora meten al nieto en su cama y se apretujan a él con cariño. Ellos nunca lo reconocerán, pero seguro que prefieren lo que hacen ahora a lo otro.

    • Seguro que lo prefieren! Cómo no se van a acostumbrar al amor y a sentirse protegidos! Lo absurdo, a mi juicio, es pensar que eso es malo! Gracias por tu comentario! Un beso!

  4. Que se acostumbre a los brazos, a los besos, a los abrazos y al olor de su padres. Desde mi punto de vista, quien no ha disfrutado esos momento se ha perdido mucho de su pequeño.

    • Totalmente de acuerdo! Yo he disfrutado (y sigo haciendo) cada uno de esos momentos de sentirlos tan cerquita. No sé como alguien puede prescindir de esos instantes! Un beso!

  5. Ay, cómo me siento de identificada con tu vivencia. También al principio no dejábamos de escuchar la frasecita y nos sentíamos fatal al tener al peque siempre encima nuestro y practicar colecho. Pero después nos dimos cuenta que no, que hacíamos lo que queríamos de verdad y lo que necesitábamos. Qué importa lo que digan!

    • Eso es! Sobre todo al principio cuesta hacer oido sordos y olvidar estos prejuicios sin sentido. Yo he disfrutado tanto de mis hijos y de tenerlos cerquita, que no sabría hacerlo de otra manera! Un beso

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